La tragedia de los comunes

Manuel J. Garcia | 27 de enero de 2012 | 5 comentarios

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Compartimos un mundo y una época en los que a menudo se nos trata como números: entidades anónimas que, dependiendo del contexto, deben cumplir un propósito u otro.

Me gusta pensar que esta simplificación no surge de la voluntad de ningunear la vida, sino de la necesidad de disponer de una herramienta que permita entender las situaciones que cada cual debe analizar y manejar.

La triste realidad es que en la mayoría de los casos, este mecanismo, impulsado por una energía inercial de años de uso, se ha transformado en una rutina difícil de detener, y a la cual nos vemos abocados si no queremos resultar atropellados por ella.

Si imaginamos la vida como la trayectoria de una enorme onda, donde impulsados por ella recorremos el tiempo a veces de manera ascendente, y otras descendente, nos daremos cuenta de que una forma de anular estos períodos de decadencia consiste en movernos en una onda invertida, bajando cuando sube, y subiendo cuando baja, manteniéndonos por lo tanto en un punto de equilibrio.

En mi trabajo, mi tarea y la de mi equipo consiste en desarrollar aplicaciones informáticas. Cuando te planteas la decisión de qué hacer, te das cuenta de que estamos sumergidos en una dinámica por la que si no ganas dinero, no puedes seguir trabajando: tan sencillo como eso.

El año 2011 ha sido revelador para mí en este aspecto. He tenido la suerte de trabajar con un equipo que tiene la osadía de enfrentarse al movimiento de esa “onda universal”, anteponiendo un propósito ético a la opción del beneficio económico o personal.

En este contexto, hemos utilizado el sistema existente, impulsado por la inercia de la que hablaba al principio, para dar a conocer la aplicación, para hacerla llegar a quienes realmente la necesitan, rodando cuesta abajo por la onda donde otros suben obteniendo beneficios, escalando cuesta arriba cuando otros bajan encareciendo un producto destinado a la obra social.

La aplicación de la que estoy hablando es tweri, una solución móvil para aportar un granito de ayuda en la vida de los afectados de Alzheimer y sus cuidadores.

The Thank You Economy. Fuente: Ogilvy NotesEn 2011 también, tuve la suerte de escuchar en FICOD a Gary Vaynerchuck, fundador de VaynerMedia, hablar de lo que él llama “The Thank You Economy”.

Según Gary, la economía actual se mueve por una secuencia de intereses en los que la necesidad real ha perdido todo el valor. Lo importante ahora no es que el producto adquirido sea realmente lo que necesitas, sino simplemente que adquieras dicho producto. En su presentación, nos instaba a todos a aprovechar el verdadero poder de las relaciones sociales, hoy que son más multitudinarias que nunca, y seguir el mismo procedimiento que seguían nuestros abuelos en la tienda de su barrio: preguntar al comprador qué le hace falta, hacer un arreglo aquí o allí para que el producto que se lleva satisfaga su necesidad, atenderle correctamente si acude más tarde a nosotros porque no entiende o no está conforme con lo que ha comprado.

Gary llama a esto la economía del muchas gracias porque el verdadero objetivo es que aquel que recibe nuestro trabajo diga esas palabras: porque si das sin pensar en recibir, es seguro que recibirás el doble de lo que esperas.

Es muy difícil medir el retorno de inversión de un acto de este tipo, pero realmente creo que está en lo cierto. En un entorno tan social (inconcebiblemente social gracias a internet), donde el boca a oreja funciona mejor que nunca (tanto en potencia como en la divulgación generada por una sola voz), la satisfacción de un usuario, expresada a través de las palabras “muchas gracias”, es la publicidad y el carnet de socio más sólido que se puede conseguir.

Por otro lado, aunque lo anterior es imprescindible porque de otro modo no podríamos seguir trabajando en lo que nos gusta (necesitamos que nuestro esfuerzo implique clientes), realmente lo que nos mueve es saber que de verdad tenemos la capacidad de ayudar a los demás.

Ya en los años 60, el ecólogo Garret Hardin describía la situación por la que un grupo de personas, mediante su interés personal, o simplemente por culpa de un razonamiento en principio lógico, acababan destruyendo un recurso único, cuya desaparición supone un perjuicio para todos.

Para mí, actuar en busca del beneficio propio, sin prestar atención a que aquello que están entregando sea realmente necesario, solo puede suponer, en última instancia, la destrucción de un común: la confianza.

Con nuestro trabajo intentamos poner la zancadilla a ese dilema planteado por Hardin, pretendemos impedir la tragedia de los comunes.

Autor del post invitado:

Manuel J. García
@findemor
Técnico de innovación en www.solusoft.es

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Comentarios

5 comentarios a “La tragedia de los comunes”

  1. Orejachope el 27 enero, 2012 13:29

    Eso es Finde, ábrete paso poco a poco y si es ayudando a los demás, mejor que mejor.

    Echo en falta una pequeña explicación del funcionamiento de la aplicación, ya que el hipervínculo de tweri no funciona correctamente :/

  2. Manuel J. Garcia el 27 enero, 2012 14:29

    Ya está solucionado el problema en el enlace de tweri. ¡Muchas gracias por el aviso!

  3. Laura el 27 enero, 2012 14:56

    Enhorabuenísima por el post. Muy instructivo, e incluso te diría que esperanzador. Está bien saber que los hay que no lo basan todo en hacerse con la pasta y buscan ese “gracias”, estrategia mucho más inteligente a la larga.

  4. neli el 27 enero, 2012 20:00

    Fantástico. Aplastante. Esperanzador. Enhorabuena.

  5. emilia rodriguez el 30 enero, 2012 19:36

    osadía… cambiando una frase de bertold bretch diría: “hay otros hombres osados… esos son imprescindibles”. la osadía mezclada con la generosidad da lugar a grandes actos. grandes personas que han participado en este gran trabajo y que tengo la suerte de conocer. enhorabuena.

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